Tres desaparecidos. Ningún cuerpo. Ningún rastro.
El 3 de julio de 1944, dos mil hombres subieron a Cevo por cuatro caminos y quemaron el pueblo casa por casa. Ochenta años después, Chiara Belotti, a quien en la familia llaman Dina, vuelve a subir ese camino con el cortejo, como cada año, por un bisabuelo muerto en aquel fuego.
Tiene treinta y cinco años, es inspectora en Como, y un diagnóstico acaba de mandarla a casa: sin pistola, sin licencia de conducir, sin el expediente que llevaba ella sola. Hombres de cierto ambiente que desaparecen sin dejar nada, y que, para todo el mundo, se fueron por su cuenta.
Dina quiere volver al caso, y para volver tiene que llegar limpia a la consulta de febrero. Así que investiga a escondidas, con un colega que firma en su lugar, mientras alrededor del lago empiezan a encontrar muertos con demasiadas puñaladas para ser una riña. Los periódicos encuentran un nombre: el Ángel de la muerte. La fiscalía quiere un único culpable, y pronto una cara.
A Dina las cuentas no le cuadran. Y no puede decírselo a nadie.